María Mercedes Carranza: escribir desde la herida
María Mercedes Carranza (Bogotá, 1945–2003) escribió desde un lugar radical: no embellecer el horror, no convertirlo en espectáculo ni en relato heroico, sino reducir el lenguaje a su mínima expresión, como quien redacta un acta fúnebre o un parte de guerra. En este libro, la palabra no se expande: se contrae. Y en esa contracción se vuelve contestataria.
Publicado a finales de los años noventa, El canto de las moscas es, para mí, uno de los ejercicios poéticos más lúcidos y dolorosos sobre la violencia en Colombia. No es un poemario en el sentido tradicional. Es una cartografía mínima del horror. Cada poema lleva el nombre de un lugar real del país; cada lugar remite a una masacre, a un episodio de exterminio o de violencia sistemática; cada verso funciona como un registro seco, sin adjetivos innecesarios, sin explicación causal, sin moraleja. Aquí, la poesía se vuelve geografía, y la geografía se vuelve herida abierta.
Mario Rivero, en el prólogo del libro, nombra con precisión lo que estos textos son: un “doloroso parte de guerra”, una versión mínima de los acontecimientos donde la brevedad no reduce la experiencia del horror, sino que la vuelve más intensa y más difícil de soportar (Rivero, 2000). La cercanía formal con el haikú no tiene nada de contemplativa: no hay naturaleza serena ni iluminación espiritual. Hay interrupción, hay vacío, hay muerte. La concisión no alivia; denuncia, porque obliga a leer lo que queda cuando todo lo demás ha sido arrasado.
Uno de los elementos que más me conmueve —y me inquieta— del libro es la figura de las moscas. Aquí no funcionan como metáfora literaria elegante. Son presencias reales, biológicas, inevitables. Son los primeros testigos de la muerte, los cuerpos mínimos que llegan cuando ya no queda nadie más. Su zumbido es lo que permanece cuando el grito ha sido silenciado, cuando la vida ha sido arrancada del lugar. El canto de las moscas es, entonces, la música residual del exterminio, una sonoridad persistente que atraviesa el país y que nos recuerda que la violencia no desaparece cuando cesa el disparo.
Desde esta perspectiva, El canto de las moscas no canta: registra. No narra: da fe. No explica: acusa. Y en esa negativa a explicar o justificar, el libro se convierte en un acto político y ético de primer orden. Carranza no escribe para cerrar la herida, sino para impedir que se cierre en falso. Su poesía no busca reconciliación inmediata; busca memoria, incomodidad, responsabilidad.
Leer este libro hoy implica asumir que la poesía también puede ser archivo, testimonio y forma de conocimiento. No un conocimiento que tranquiliza, sino uno que incomoda y obliga a mirar el territorio como espacio vivido, herido y disputado. Para mí, El canto de las moscas sigue siendo eso: una geografía poética de la violencia que se niega a desaparecer del mapa.
Canto de las moscas: Versión de los acontecimientos
Canto 1 NECOCLI
Canto 2 MAPIRIPAN
Canto 3 TAMORALES
Canto 4 DABEIBA
Canto 5 ENCIMADAS
Canto 6 BARRANCABERMEJA
Canto 7 TIERRALTA
Canto 8 El DONCELLO
Canto 9 SEGOVIA
Canto 10 AMAIME
Canto 11 VISTA HERMOSA
Canto 12 PAJARO
Canto 13 URIBIA
Canto 14 CONFINES
Canto 15 CALDONO
Canto 16 HUMADEA
Canto 17 PORE
Canto 18 PAUJIL
Canto 19 SOTAVENTO
Canto 20 ITUANGO
Canto 21 TARAIRA
Canto 22 MIRAFLORES
Canto 23 CUMBAL
Canto 24 SOACHA
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