domingo, 14 de diciembre de 2025

El canto de las moscas: poesía, territorio y memoria del horror en Colombia


María Mercedes Carranza: escribir desde la herida


Leer a María Mercedes Carranza es una experiencia cómoda. Así lo ha sido para mí. Cada vez que vuelvo a El canto de las moscas (versión de los acontecimientos) siento que la poesía deja de ser un espacio de refugio y se convierte en un lugar de confrontación ética . Carranza no escribe para consolar, ni para explicar la violencia colombiana, ni siquiera para narrarla. Escribe, más bien, para señalarla, para dejar constancia de que ocurrió y de que sigue ocurriendo en la memoria de los territorios y de los cuerpos.

María Mercedes Carranza (Bogotá, 1945–2003) escribió desde un lugar radical: no embellecer el horror, no convertirlo en espectáculo ni en relato heroico, sino reducir el lenguaje a su mínima expresión, como quien redacta un acta fúnebre o un parte de guerra. En este libro, la palabra no se expande: se contrae. Y en esa contracción se vuelve contestataria.

Publicado a finales de los años noventa, El canto de las moscas es, para mí, uno de los ejercicios poéticos más lúcidos y dolorosos sobre la violencia en Colombia. No es un poemario en el sentido tradicional. Es una cartografía mínima del horror. Cada poema lleva el nombre de un lugar real del país; cada lugar remite a una masacre, a un episodio de exterminio o de violencia sistemática; cada verso funciona como un registro seco, sin adjetivos innecesarios, sin explicación causal, sin moraleja. Aquí, la poesía se vuelve geografía, y la geografía se vuelve herida abierta.

Mario Rivero, en el prólogo del libro, nombra con precisión lo que estos textos son: un “doloroso parte de guerra”, una versión mínima de los acontecimientos donde la brevedad no reduce la experiencia del horror, sino que la vuelve más intensa y más difícil de soportar (Rivero, 2000). La cercanía formal con el haikú no tiene nada de contemplativa: no hay naturaleza serena ni iluminación espiritual. Hay interrupción, hay vacío, hay muerte. La concisión no alivia; denuncia, porque obliga a leer lo que queda cuando todo lo demás ha sido arrasado.

Uno de los elementos que más me conmueve —y me inquieta— del libro es la figura de las moscas. Aquí no funcionan como metáfora literaria elegante. Son presencias reales, biológicas, inevitables. Son los primeros testigos de la muerte, los cuerpos mínimos que llegan cuando ya no queda nadie más. Su zumbido es lo que permanece cuando el grito ha sido silenciado, cuando la vida ha sido arrancada del lugar. El canto de las moscas es, entonces, la música residual del exterminio, una sonoridad persistente que atraviesa el país y que nos recuerda que la violencia no desaparece cuando cesa el disparo.

Desde esta perspectiva, El canto de las moscas no canta: registra. No narra: da fe. No explica: acusa. Y en esa negativa a explicar o justificar, el libro se convierte en un acto político y ético de primer orden. Carranza no escribe para cerrar la herida, sino para impedir que se cierre en falso. Su poesía no busca reconciliación inmediata; busca memoria, incomodidad, responsabilidad.

Leer este libro hoy  implica asumir que la poesía también puede ser archivo, testimonio y forma de conocimiento. No un conocimiento que tranquiliza, sino uno que incomoda y obliga a mirar el territorio como espacio vivido, herido y disputado. Para mí, El canto de las moscas sigue siendo eso: una geografía poética de la violencia que se niega a desaparecer del mapa.



Canto de las moscas: Versión de los acontecimientos

Canto 1 NECOCLI 

Canto 2 MAPIRIPAN 

Canto 3 TAMORALES 

Canto 4 DABEIBA 

Canto 5 ENCIMADAS 

Canto 6 BARRANCABERMEJA 

Canto 7 TIERRALTA 

Canto 8 El DONCELLO 

Canto 9 SEGOVIA 

Canto 10 AMAIME 

Canto 11 VISTA HERMOSA 

Canto 12 PAJARO 

Canto 13 URIBIA 

Canto 14 CONFINES 

Canto 15 CALDONO 

Canto 16 HUMADEA 

Canto 17 PORE 

Canto 18 PAUJIL 

Canto 19 SOTAVENTO 

Canto 20 ITUANGO 

Canto 21 TARAIRA 

Canto 22 MIRAFLORES 

Canto 23 CUMBAL

Canto 24 SOACHA 


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